Sobre la tristeza de decir adiós...


El Gato no soporta decir adiós, los ojos se le irritan, las piedras lo hacen tropezar. Mira con sigilo a aquel que se va, piensa en las múltiples posibilidades de que no le vuelva a ver de la misma manera-púes nadie después de viajar es el mismo-, y recurre a la indiferencia que se fragmenta poco a poco al ver que, a quien ama, se va...
Sabe que ser cínico es un tanto fatídico, que también algo de él se va, que dentro de las valijas se oculta la sombra del recuerdo sucio que sera limpiado hasta que ya no quede nada y entonces surja el olvido. El Señor Gato odia el olvido, le teme tanto como al agua, como al ruido de las cosas que le despiertan por las noches, como a los ecos de auxilio que mecen su cuna.
Dentro del tren va también su esperanza, que jamás olvida. Ve partir a su amado, oculto entre la demás gente que se despide. Cierra los ojos cien veces diez para sentirse vivo. Busca el sabor de pez en su boca. Ronronea una canción corriente y luego, sin extraviarse del presente-y el dolor que lo amordaza-suspira. Cuando da vuelta se repite con honor de estúpido: no volteare, no esta vez. Mientras lo piensa, su cuerpo gira y ve como aquella persona se va. Dice un ligero y casi imperceptible "adiós", y se va, se va, se va... como se van las olas en el mar.
 
 
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